Eidur Gudjohnsen llegó al FC Barcelona en 2006 con la etiqueta del 'nuevo Larsson', lo que generó altas expectativas entre la afición y la prensa. Aunque señaló que su estilo era distinto al del sueco, tuvo que enfrentarse a la continua comparación y al peso del legado de una leyenda, lo que complicó su integración en el rol ofensivo del equipo.

En el vestuario, Gudjohnsen destacó por su buen humor y fue muy querido, formando una amistad cercana con Víctor Valdés. La plantilla le obsequió un cuchillo vikingo durante un amigo invisible, símbolo de su aceptación. Sin embargo, su función en el campo era más de acompañar al delantero centro y competir con jugadores como Eto’o, lo que limitó sus oportunidades de ser titular.

Su personalidad fuera del campo, con ciertos episodios controvertidos, incrementó su imagen de jugador con un aura especial y misteriosa. A pesar de ello, contribuyó en el equipo de Rijkaard disfrutando de la ciudad y del fútbol catalán.

El relato de Gudjohnsen permite comprender las dificultades de asumir un rol impuesto por comparaciones históricas y resalta la importancia del apoyo colectivo para la adaptación de los futbolistas en clubes grandes, un tema relevante para evaluar las políticas de fichajes y la gestión de plantilla en el Barça actual.